Tiro de Esquina: De chile, de mole y de dulce

TIJUANA, BAJA CALIFORNIA

A poco más de un año de la elección para renovar la gubernatura de Baja California, la lista de aspirantes crece semana tras semana. Entre registros, destapes y quienes levantan la mano, ya son al menos diez los personajes que buscan aparecer en la boleta de 2027.

La cifra llama la atención, aunque no necesariamente por la calidad de las propuestas. Hasta ahora predominan los mensajes de unidad, las fotografías y los recorridos. Lo que sigue faltando es la discusión sobre la capacidad para gobernar un estado con problemas que no admiten improvisaciones.

Baja California enfrenta retos complejos. La inseguridad continúa como una de las principales preocupaciones ciudadanas; persisten rezagos en movilidad, vivienda, agua, salud y educación, mientras el crecimiento poblacional sigue presionando los servicios públicos.

Gobernar una entidad con más de cuatro millones de habitantes no es un concurso de popularidad. Requiere experiencia administrativa, capacidad para construir acuerdos, conocimiento técnico y equipos capaces de ejecutar políticas públicas durante seis años.

Sin embargo, existe un factor que suele pesar más que los perfiles: la marca del partido. En los últimos procesos electorales quedó demostrado que muchos ciudadanos terminan votando más por un color o un movimiento que por la trayectoria de quien aparece en la boleta.

El problema es que tampoco vota la mayoría. La participación electoral en Baja California ha sido históricamente baja. En diversas elecciones locales apenas cuatro de cada diez ciudadanos acudieron a las urnas, dejando que una minoría definiera el rumbo del estado.

Activistas como Juan Manuel Hernández Niebla han advertido que la apatía ciudadana debilitó los contrapesos sociales. Menos participación significa menos vigilancia, menos exigencia y gobiernos con menor presión para rendir cuentas.

La consecuencia es evidente: los procesos internos de los partidos terminan teniendo un peso desproporcionado porque los deciden miles de militantes, mientras millones de ciudadanos permanecen como espectadores, esperando la campaña constitucional.

Hoy, mientras Morena desarrolla su proceso interno y otros partidos comienzan a mover sus piezas, la verdadera competencia parece concentrarse dentro de las estructuras partidistas y no entre proyectos que convenzan al electorado en general.

Si el abstencionismo vuelve a imponerse, es probable que el próximo gobernador llegue respaldado por una minoría del padrón electoral. Será legal, sin duda, pero difícilmente podrá presumirse como una representación amplia de la voluntad ciudadana.

Por eso la discusión no debería centrarse en quién encabeza las encuestas internas o quién acumula más fotografías en redes sociales. La pregunta sigue siendo otra: ¿quién tiene la preparación para administrar uno de los estados más dinámicos y complejos del país?

La democracia no se fortalece cuando aparecen más aspirantes, sino cuando los ciudadanos participan más y exigen mejores perfiles. De lo contrario, una vez más serán unos cuantos quienes decidan el futuro de millones de bajacalifornianos.