Tiro de esquina. El celular no es maestro, ni enemigo
Prohibir los teléfonos celulares en las escuelas parece una solución sencilla: se guarda el aparato y se acabó la distracción. El problema es que la realidad fuera del salón de clases va exactamente en sentido contrario.
En México, 84.6% de las personas de seis años y más utilizó teléfono celular durante 2025. Además, 78.3% de los hogares ya tenía conexión a internet. La tecnología dejó hace tiempo de ser un accesorio para convertirse en parte de la vida cotidiana.
Con ese escenario, pretender que un niño pase sus primeros años escolares completamente separado de los dispositivos digitales resulta difícil de sostener. Pero de ahí tampoco se desprende que deba tener el teléfono disponible durante toda la jornada.
El debate no debería reducirse a celular sí o celular no. La pregunta importante es cuándo sirve para aprender, cuándo distrae y quién establece las reglas. Porque una calculadora puede resolver una operación, pero no sustituye la necesidad de aprender matemáticas.
La UNESCO ha puesto precisamente ese límite: la tecnología debe utilizarse en el aula cuando existe una finalidad educativa. Para marzo de 2026, 114 sistemas educativos, equivalentes al 58% de los países, ya contaban con prohibiciones nacionales sobre celulares escolares.
Ese dato demuestra que la preocupación no es menor. Distracción, ciberacoso y exposición permanente a redes sociales han llevado a gobiernos de distintos países a establecer restricciones. Pero incluso la UNESCO advierte que prohibir, por sí solo, no resuelve el desafío digital.
Ahí está el punto. El bullying no nació con WhatsApp, TikTok o Instagram. Existía en los patios escolares mucho antes del teléfono inteligente. Lo que hizo la tecnología fue darle velocidad, audiencia y la posibilidad de perseguir al alumno incluso después de salir de la escuela.
Un estudiante puede utilizarlo para grabar y editar un video, investigar un concepto, elaborar una presentación o producir contenido. También puede emplearlo para distraerse, copiar una tarea, grabar a un compañero sin permiso o participar en una agresión digital.
La diferencia no está en el aparato. Está en las reglas, la supervisión y, sobre todo, en la educación que recibe quien lo utiliza. Y en ese terreno la responsabilidad no puede cargarse únicamente a los maestros.
Padres de familia y escuelas necesitan establecer límites comunes. Si en el salón se restringe el teléfono, pero en casa un menor pasa horas sin supervisión frente a una pantalla, difícilmente una prohibición durante cinco o seis horas resolverá el problema.
También sería un error convertir la educación digital en permanecer frente a una pantalla durante toda la jornada. Leer un libro, practicar un deporte, tocar un instrumento, convivir, debatir y aprender a resolver conflictos siguen siendo habilidades indispensables.
La propia UNESCO plantea que los alumnos deben aprender a desenvolverse con y sin tecnología. El objetivo es aprovecharla cuando aporta al aprendizaje, sin permitir que sustituya la interacción humana que continúa siendo parte central de la educación.
Además, hay otra realidad imposible de ignorar: todavía existe una brecha digital. En 2024 había 20 millones de personas de seis años y más que no utilizaban internet en México; 56.1% señaló que no sabía hacerlo.
La escuela tiene entonces una doble tarea: evitar que el celular domine el salón y, al mismo tiempo, enseñar a utilizar correctamente una herramienta que los estudiantes necesitarán fuera de él.
Guardar todos los teléfonos bajo llave puede comprar unas horas de atención. Enseñar cuándo apagarlos, cuándo utilizarlos y qué responsabilidad implica tenerlos en las manos puede servir para toda la vida.
Porque el reto educativo no consiste en criar niños alejados de la tecnología. Consiste en formar personas capaces de utilizarla sin que la tecnología termine utilizándolas a ellas.
