Tiro de Esquina: Sin boleto… ¡No hay rechifla!

Por: Octavio Fabela Ballinas

TIJUANA, BAJA CALIFORNIA, A 09 DE ABRIL DE 2026.- La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo decidió rifar su boleto para asistir al juego inaugural del Mundial de Futbol, y la noticia rápidamente generó comentarios. A primera vista parece un gesto simbólico, pero también abre la puerta a una lectura política más interesante.

El futbol tiene algo que incomoda a los gobiernos: en un estadio nadie controla la reacción del público. No hay logística para aplausos ni filtros para las emociones. Ahí la gente responde como siente, sin protocolo y sin discursos preparados.

México ya vivió episodios que explican por qué un presidente puede pensarlo dos veces antes de aparecer en una inauguración mundialista.

En 1970, Gustavo Díaz Ordaz encabezó la apertura del Mundial en el Estadio Azteca apenas dos años después del movimiento estudiantil de 1968 y la matanza de Tlatelolco. Aunque el evento era deportivo, el ambiente político seguía cargado y la presencia presidencial no generó entusiasmo.

Dieciséis años después ocurrió algo similar. En el Mundial de 1986, Miguel de la Madrid asistió a la inauguración con un país golpeado por la crisis económica y aún marcado por el terremoto de 1985. El estadio reflejaba más tensión social que celebración política, recordando que el futbol no borra el ánimo ciudadano.

Los estadios son espacios distintos a cualquier acto oficial. Quienes asisten no lo hacen por apoyo político ni por invitación institucional, sino porque compraron un boleto para disfrutar el partido. Y cuando el público no siente cercanía económica o social con el gobierno, la reacción suele ser impredecible.

Por eso la rifa del boleto presidencial puede entenderse también como una decisión práctica. Evitar la exposición directa ante miles de aficionados reduce el riesgo de una rechifla que, en tiempos de redes sociales, daría la vuelta al mundo en cuestión de minutos.

Un abucheo en un Mundial no se queda en la grada. Se convierte en mensaje político global, en imagen repetida y analizada desde fuera del país. Ningún equipo de comunicación quiere que ese sea el recuerdo dominante de una inauguración.

Además, el público futbolero suele ser especialmente espontáneo. No responde a líneas partidistas ni a discursos oficiales. Si algo no gusta, se nota de inmediato, y esa autenticidad convierte al estadio en uno de los escenarios más honestos y riesgosos para cualquier figura pública.

Tal vez la decisión presidencial no sea solo un gesto de cercanía, sino una forma de evitar un momento incómodo. La historia de 1970 y 1986 dejó claro que el Mundial puede unir al país alrededor del balón, pero no necesariamente alrededor del presidente.

Porque al final, en el futbol como en la política, el aplauso no se decreta. Y cuando rueda el balón frente a miles de personas, el ánimo popular siempre juega su propio partido.